miércoles, 7 de febrero de 2007

A petición de Nán

Manoa

No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.
Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.


Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
-siempre más lejos.


Ya fatigado de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.
A veces es un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.
Montejo

2 comentarios:

nán dijo...

Me gusta este hombre, aunque aquí (algo querría el muy pillo, a estos poetas no les puedes quitar la vista encima ni un momento) dejara la mitad de la historia sin contar.

Ser desterrado de Manoa.

Cuando no ha llegado el momento todavía de darte cuenta de que otra vez estás camino de Manoa. Cuando crees que el destierro es una perpetua.

(en Madrid llueve y está gris. ¿y tu mar?)

westerlia dijo...

Prefiero pensar que quien consigue llegar a Manoa permanece allí para siempre, hasta siempre.

El día es gris y apacible. El viento calla. Hay como una extraña y agradable quietud en todo. También en el mar.

Hoy me apetece enviarte un beso y te lo envío.